POLICÍA DEL PENSAMIENTO

Información e imagen extraídas de TIERRA PURA (link al artículo completo original al final).


Por lo general, la izquierda odia el concepto de libertad. Sencillamente para controlar arbitrariamente el poder, le vale todo con tal de destruir a los que piensan diferente. George Orwell decía: “Si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír”. Robespierre, Stalin, Hitler, Mao y Fidel Castro utilizaron el arte político del terror para acabar con el pensamiento disidente. Por tanto, sólo se es libre cuando tus opiniones no están condicionadas por el criterio de los demás.

Uno de los ejemplos más inaceptables de la intolerancia del pensamiento de izquierda ha tenido lugar este año en varias instituciones culturales de los Estados Unidos, en las que comienza a imperar actitudes represivas que tienden a debilitar las reglas de la convivencia en nombre del progresismo ideológico.

Desde que comenzaron las manifestaciones raciales, son pocos los museos, universidades y centros culturales que no han despedido a alguien que sea conservador o que ligeramente disienta de lo que la agenda de la izquierda entiende como una política más firme a la hora de asumir compromisos con la inclusión racial en su personal y en la manera de gestionar la programación de sus actividades.

Devenidos en nuevos reguladores de la sociedad norteamericana, estos funcionarios -con el consentimiento del Partido Demócrata y una buena parte del poder mediático- se han atribuido el rol de decidir qué obras deberían exhibirse en los muesos, qué autores son recomendables para enseñar en las escuelas o qué profesional cumple con las normas de conformidad ideológica racial para poder trabajar en las instituciones culturales.

Una de las primeras víctimas de esta cruzada totalitaria ha sido Gary Garrels, conservador jefe del Museo de Arte Moderno de San Francisco, obligado a renunciar el pasado mes de julio a raíz de unos comentarios que hizo tras la tendencia de la pinacoteca a adquirir sólo obras de artistas negros: “Seguiremos coleccionando obras de artistas blancos”, de lo contrario sería “una discriminación inversa”.

Sus palabras le costaron el puesto. Las brigadas de la corrección política -un grupo de ex empleados del museo- montaron un acto de repudio y exigieron de inmediato la dimisión por sus “tóxicas creencias supremacistas blancas”. Garrels pidió disculpas: “No creo haber dicho nunca que es importante coleccionar el arte de los hombres blancos. He dicho que es importante que no excluyamos el arte de los hombres blancos”. Las explicaciones no fueron suficientes. Su marcha se produjo una semana después, convirtiéndose en el quinto alto cargo del museo que cesaba en menos de un mes.

Estigmatizar personas e instituciones

El fenómeno no puede ser visto como un acto meramente fortuito, pues se produce tras años de políticas federales y estatales dirigidas a fomentar el victimismo y el odio racial. El ascenso de la corrección política como una nueva forma de censura se veía venir, sobre todo utilizando el racismo como la causa de todos los males de la sociedad contemporánea.

En el Guggenheim de Nueva York, un grupo de curadores enviaron una carta a los responsables del museo que pone de relieve el uso malévolo de causas justas para estigmatizar a instituciones y personas “sospechosas” de ser sexistas o xenófobas a través de la utilización de la cultura de la cancelación y el rechazo al pensamiento libre.

“La incapacidad actual del museo para asumir la plena responsabilidad de su historia o responder adecuadamente, ya sea a través de declaraciones o programación, a las protestas globales desencadenadas por el asesinato de George Floyd, ha puesto de manifiesto la necesidad del autoexamen y el crecimiento necesarios para avanzar como institución antirracista”, dice la carta. “Para hacer este trabajo es necesaria una cultura sólida de comunicación e intercambio abiertos”, reza la misiva de los curadores del Guggenheim.

Por su parte, MoMA, Whitney o el Metropolitan, para alinearse con esta política de pensamiento único que amenaza peligrosamente a toda la sociedad norteamericana, han puesto en marcha una serie de iniciativas internas para comprometerse con el antirracismo y la diversidad.

Específicamente, el Met ha hecho púbica una lista de directrices que prioriza la contratación de personas atendiendo a su raza, tanto para sus ejecutivos como para todos los puestos de la institución, además de cursos de capacitación contra el racismo, supervisión de las colecciones y realización de auditorías anuales sobre diversidad.

Estas directrices intimidatorias ejercerán un poder desmedido e inapelable sobre el funcionamiento de la institución y contra quienes no practiquen políticas de admisión racista.

Estamos ante un claro ejemplo de cómo la meritocracia de los curadores comienza a ser sustituida por su grado de adhesión a una causa ideológica generando una serie de miedos y sospechas propios de un sistema represivo comunista: desconfianza entre los funcionarios, miedo a que piensen mal de uno, recelo a caer en desgracia y ejercicio de intimidación por no contar con los méritos suficientes de acuerdo con determinadas directrices políticas.

Los trabajadores que no quieran afiliarse a esta política -según los mandamientos del activismo sindical- tendrán que valorar la humillación que están dispuestos a tolerar, ellos y sus familias, si no cumplen los dictados de la agenda progresista.

De manera que a partir de ahora la reputación de una pinacoteca dependerá de la cantidad de obras que no incluyan historias protagonizadas por hombres blancos, o del número de cuadros firmados por pintores negros o de origen indio que cuelguen de las paredes del museo, porque, según esta corriente ideológica, su herencia étnica o racial los hace -por justicia histórica- estar mejor cualificados.

Cuando una institución fija patrones o políticas que podrían tener efectos negativos en las minorías, los jueces y activistas lo califican de actos de discriminación. Pero los mismos progres que apoyan estas posiciones se sentirían desconcertados si se aplicara el mismo principio de equidad en los equipos de baloncesto de la NBA donde la mayoría de los jugadores son de raza negra, en un país donde los afroamericanos representan el 13 % de la población.

No solamente no existen pruebas fehacientes de que darle prioridad -por decreto-al arte representado por negros en las instituciones culturales garantice la diversidad, sino que además ha habido un buen número de estudios sobre el tema que demuestran como el patrimonio artístico que se ha atesorado durante siglos en los museos, se ha regido por criterios de calidad, de tendencia artística imperante y no por odios xenófobos ni prácticas discriminatorias al uso.

La clave del asunto que nos ocupa no reside en los entornos de trabajo o en las actividades concretas consideradas no equitativas que fomentan el racismo y el supremacismo blanco. El fondo del problema va mucho más allá y sus explicaciones podrían hallarse detrás de estas preguntas: ¿Quiénes son los directivos y los miembros de las juntas de las instituciones que deciden qué actitudes y prácticas pueden ser o no discriminatorias para la comunidad? ¿Qué conocimientos poseen para decidir y actuar por encima de la libertad de los demás?

Deriva excluyente y sectaria

Desafortunadamente, la irrupción de corrientes ideológicas que apelan a causas progresistas para justificar actitudes y comportamientos de corrección política intransigente, son cada vez más frecuentes.

A mediados de este año, más de 400 miembros de la Sociedad Lingüística de Estados Unidos (LSA), la mayoría estudiantes, enviaron una carta para pedir la expulsión del escritor y lingüista, Steven Pinker, por haber tuiteado en 2015 que la causa de los tiroteos policiales en Estados Unidos no eran solo asunto de sesgo racial, sino que había otros factores involucrados.

En la medida que este mantra hipnótico de “cambio” gana adeptos en todos los rincones del país, los activistas raciales dentro del sector de la cultura están siendo alabados como la vanguardia progresista del escenario político norteamericano.

Pero están defendiendo falacias antiguas, como si estuviéramos en los años 60 otra vez, o como si no se hubiera conseguido nada en materia de derechos civiles desde entonces. Su estrategia es cómo aparentar estar a favor de los negros y contra quienes los están excluyendo, sobre la base de un falso sentido de la diversidad propio de un clan atávico y retrógrado.

¿Qué es lo que persiguen con sus imposiciones arbitrarias, aparte de su obsesión por el uso perverso de causas justas para estigmatizar a personas que no son racistas o xenófobas? ¿Y qué lecciones saca la sociedad civil de todo esto, aparte de bajar la cabeza y someterse a un poder arbitrario?

Los sectores de la izquierda creen tener el derecho a imponer a los demás su idea de lo que es políticamente correcto para la sociedad, derecho que niegan con actitudes radicales a todos los que no piensan como ellos. La esencia de la intolerancia consiste, precisamente, en eso, en negar a los demás el lugar y el protagonismo que uno demanda para sí.

Estas actitudes son prueba notoria de la deriva excluyente y sectaria que ha tomado el debate racial en Estados Unidos, en manos de una élite oportunista que utiliza la doble vara de medir a la hora de aplicar los principios de la democracia y los derechos humanos.

POLICÍA DEL PENSAMIENTO: Si no piensas como QUIERE la izquierda, ERES RACISTA

EXTRAÍDO DE: https://tierrapura.org/2020/12/29/policia-del-pensamiento-si-no-piensas-como-quiere-la-izquierda-eres-racista/

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