CONFINADOS EN ESTOCOLMO

A partir de las manifestaciones de los rehenes de un sonado atraco ocurrido en 1973 en la capital sueca, fue el profesor Nils Bejerot, psiquiatra y criminólogo, el primero en denominar así a tal dependencia o adicción. Un grupo de delincuentes armados había intentado perpetrar un espectacular robo a una entidad bancaria, cuando ya rodeados por la policía y durante las negociaciones, se vieron obligados a convivir envalentonados atracadores con unos pocos y sumisos rehenes, durante más de 130 horas. En el juicio posterior y en las inevitables entrevistas de prensa, varios rehenes reconocieron que, tras el primer temor e incertidumbre por sus vidas, llegaron a pensar entonces y después, que habían sido sus captores quienes de verdad les protegieron, porque el peligro (los malos) pasaron a ser los policías al resistirse a atender a las demandas de sus secuestradores.

El desde entonces llamado síndrome de Estocolmo suele definirse como un trastorno psicológico temporal, que aparece en las personas de algún modo cautivas o secuestradas y consiste en sentirse comprensivas y benevolentes con la conducta de sus secuestradores, e incluso en el acercamiento progresivo o identificación con sus ideas políticas, terroristas o sectarias, bien sea durante el secuestro o después de haber sido liberados. Se han dado varios casos de llegar a enrolarse más tarde en las mismas bandas; recuérdese por citar solo uno muy célebre (1974), el de Patty Hearst, la secuestrada y luego activa terrorista, nieta del “Ciudadano” magnate de la prensa inmortalizado en el cine por Orson Welles.

“Lo triste y lo peligroso del síndrome de Estocolmo es que la persona cree ser libre cuando la libran del cautiverio y, sin embargo, ha desarrollado un sentimiento de gratitud y afecto al que le secuestró, que incapacita la acusación en el juicio posterior”, indica mi amigo Valentín Rodil Gavala, psicólogo especialista en temas de duelo, en una largo y enjundioso artículo titulado “Balcones de Estocolmo”. “Tener como único referente a los captores es una de las condiciones fundamentales para que se desarrolle el síndrome. Eso puede hacer que se perciba que el secuestro es por el bien de la persona ante un momento de mucho peligro. Y, por ello, es imprescindible que la víctima perciba al principio que su vida corre peligro y sienta que la única forma de afrontarlo, como mecanismo de defensa, es entender y complacer al captor para proteger su vida. Para que se produzca el síndrome del que hablamos, la acción de los secuestradores tiene que poder presentarse bajo un claro fundamento ideológico que permita que la persona secuestrada se identifique con ellos descubriendo una superioridad moral en los captores y olvidando que les mueven otras motivaciones menos nobles, como obtener un beneficio personal o monetario. Durante el confinamiento -explica Valentín Rodil-, van calando poco a poco, las ideas de los captores en dosis de fórmulas sonoras y claras que generan identificación en el cautivo, que termina por confundir liberadores-malvados con secuestradores-buenos?”

Por eso en esta situación de confinamiento general que estamos viviendo, es muy importante para la salud física y mental de las personas y de la vida social, el discernir claramente qué disposiciones, normas y consejos atañen a la política sanitaria para obedecerlas a pie juntillas, distinguiéndolas de aquellos otros dictámenes, eslóganes o recomendadas actitudes que buscan más el sometimiento fácil de nuestras mentes y voluntades. Y es que detrás de algunas novedosas e imprevistas disposiciones legales se nos está queriendo forzar psicológicamente a creernos gallinas libres, cuando por otra parte constatamos que la vida en la granja no está sirviendo más que para que engordemos de cara al futuro mercado.

¿Y cuál es entonces la terapia recomendable para superar nuestro posible trauma? “La terapia es un proceso de liberación y reencuentro con uno mismo”, que pasa por reconocer que fuiste y en qué medida lo has sido, víctima de un engaño y un juego de seducción. “Al final, liberarse de un síndrome así requiere que descubras que antes del cautiverio eras libre y sabías vivir”. O como reflexiona Rafa Nadal: ahora se nos invita y “se habla de una nueva normalidad y yo quiero la antigua”. A mí me pasa lo mismo: quiero volver a jugar libremente en la cancha de la vida – mande quien mande, nos gobierne quien nos gobierne en el presente o en el mañana-, con absoluta soltura física y sin presiones ni traumas mentales que me esclavicen o pretendan manipularme.

TEXTO DE D. Alberto Cuevas

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